Episodio #0: De Maldita Precaria a La Propia Network
- lapropianetwork

- 18 may 2025
- 6 min de lectura
Actualizado: 22 may 2025
*Este es el segundo intento. El otro que ya estaba listo para publicar se me borró.

En esta entrada y este episodio cero —de prueba— de La Propia Network, quiero empezar a explorar el tono del espacio, así como las tecnologías y formatos que necesito usar para que esto funcione.
Pensé que podía aprovechar de hablar sobre las motivaciones y contextos del proyecto. Siento que es importante nombrar esta breve y humilde trayectoria con el formato podcast, pero más que eso, con el gesto de generar redes con otras mujeres creadoras.
Es complejo decidir las propias narrativas, y los tonos de esas narrativas. El texto anterior tejía la historia de fracaso, de rabia y frustración con la que decidí migrar de mi país de origen. Esa narración la he masticado lo suficiente como para que me salga fácil y fluida. He tenido tres años para roerla y mirarla desde todos los ángulos. Me la sé bastante bien. Después de terminar de grabarla —y borrar el texto sin querer queriendo— salí a caminar al patio, rodeada por la naturaleza verdísima y en HD que me rodea, y sentí que esa historia amargosa que me cuento (y que suelo contarle a quien quiera escuchar) me hace sentir una malagradecida. La verdad es que no estoy mal. Estoy aquí, escribiendo desde mi casa en el bosque, con mis dos hijos sanos, mi pareja que me apoya, y un perro con orejas de felpa.
Si quiero dar contexto, tengo que partir diciendo: gracias. Así, sin ninguna razón aparente. Pero gracias a los fracasos, las buenas y malas decisiones, y a todas las personas con las que me he cruzado y que me han permitido estar acá, hoy, escribiendo en un computador con internet, disfrutando del aire acondicionado, mientras afuera el viento hace sonar las hojas de los árboles.
¿Ya se aburrieron con mi gratitud hippie? Tengo 41 años y estoy entrando en mi etapa perimenopáusica, lo que me ha llevado a reconectar con una faceta más espiritual. Pero también soy Piscis, lo que significa que, a la larga, no lo puedo evitar. Actualmente vivo en Charlottesville, en el estado de Virginia, Estados Unidos. Vengo de Chile. Y cada vez que digo eso pienso en la canción Cordillera de Alex Anwandter:
"Yo nací en la cordillera,
Vivo entre mercurio y plata,
Nado entre promesas falsas,
Tomo el agua del guanaco
Que me da carabineros**
Cada vez que pienso algo."
(Guanaco es el nombre que le damos en Chile al carro lanzaaguas de las fuerzas especiales).
(Carabineros: el nombre de la policía en Chile, copiado de Italia por alguna razón fascista; también conocidos como pacos).
Nunca me sentí bien en mi país, y cuando salí y pude verlo desde afuera, entendí mejor por qué. Aunque esto no tiene que ver directamente con La Propia Network, inevitablemente marca el tono y el ritmo de lo que digo.
Quiero contar qué fue Maldita Precaria y por qué ahora me propuse hacer este espacio. La verdad es que es muy simple en términos de motivaciones, si quienes escuchan o leen esto vivieron la pandemia del COVID y esa necesidad —que terminó por saturarnos— de hablar por Zoom. Nunca he sido muy amiga de las redes sociales, y debo decir que soy de la generación que literalmente las vio nacer. Por lo mismo, sé que son una ilusión, sobre todo ahora. Aun así, eso no quita que se puedan generar conexiones, e incluso amistades, en el espacio virtual.
El encierro del 2020 me encontró, resumiendo un poco, así: mujer, madre de un niño de 5 años y una bebé de 7 meses, casada con un hombre que trabaja y estudia, un perro y dos gatos. Mi familia de origen estaba a 6 horas en carretera, porque en un acto de locura —o un salto de fe, si quiero ser más optimista— dejé mi trabajo estable y bien remunerado (en el contexto de la cultura en Chile) como encargada de mediación de un museo de arte contemporáneo en la capital, para irme a vivir a la provincia, a la playa, embarazada y sin ninguna red de apoyo. Totalmente confiada en que mis credenciales y mi experticia me permitirían conseguir muy rápido otro trabajo estable y bien remunerado en un museo o institución cultural local.
Para marzo del 2020, llevaba cinco años trabajando de manera independiente y obstinada, inventando proyectos por aquí y por allá, postulando a fondos con cualquier agrupación o artista que se me apareciera en la región. Escribí, ejecuté, produje y —lo peor para mí— rendí fondos públicos en los que te piden hasta la boleta del papel higiénico. Del trabajo estable nunca tuve señales, a pesar de extenuantes lobbies y reuniones con todos los funcionarios públicos vinculados con cultura. Para el encierro, ya llevaba un buen rato enfrentada a la precariedad, al estrés y a la pérdida de salud mental que conlleva el trabajo en cultura y arte cuando no se tiene ni padres ni marido que te mantenga, ni un apellido de la élite. Esto, por supuesto, no era algo nuevo para mí: es la historia de vida de la clase media-casi-baja. Pero durante un tiempo había tenido ese mínimo reconocimiento prometido por la idea de la meritocracia, el cual me había ganado con mucho trabajo y maltrato laboral, como todo el mundo en Chile.
Ya me puse amarga de nuevo. Es difícil contar esta parte de otra forma, aunque cualquier lector u oyente latinoamericano probablemente lo entienda a la perfección. No sé si tanto quienes nacieron en los nortes imperialistas. A veces me cuesta explicarles lo que fue estudiar en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, campus Las Encinas, en los 2000, a los jóvenes con los que me topo acá en la Universidad de Virginia... Me dan ganas de tener fotos de esa época para graficarlo, pero bueno: la palabra que usábamos entonces era precario, e incluso muchos desarrollaban toda una "estética" de la precariedad. No sé si como mecanismo psíquico para enfrentar el trauma de merecer tan poco, o como una burda manera de hacerse los cool.
Sea como sea, cuando con Ale Ugarte —artista visual chilena y co-creadora de todo esto— nos pusimos a buscar un nombre para nuestro emprendimiento pandémico, nos pareció demasiado obvio usar esa palabra. Lo de Maldita era por ese meme de “la maldita lisiada”, que lo hacía más cómico y catchy. Pero también, viéndolo con algo de distancia, fue como decretarnos una maldición, como no pocas de nuestras asociadas nos hicieron ver... Mientras tuviéramos ese nombre, íbamos a estar condenadas al fracaso.
A pesar de todo, logramos sostener una plataforma virtual que promovía el trabajo de artistas chilenas mujeres —todas precarias, obviamente— y en la que hicimos desde rifas navideñas hasta un podcast, el cual produje, que aún pueden encontrar en Spotify.
Personalmente, me daba una agenda y un poco de esperanza estar a cargo de algo así, un pequeño norte en la vorágine de mi vida personal en la que se nos ocurrió emigrar. Ya viviendo en Estados Unidos, fue difícil seguir con la energía, sobre todo por esta visión tan amarga y esa distancia crítica que empecé a desarrollar con respecto a mis intentos de ser alguien respetada en la escena artística chilena.
Durante mi primer año acá intenté hacer algo con Maldita Precaria. Tenía la idea de organizar una exposición, de mostrar a las maravillosas artistas mujeres que fueron parte de la plataforma, pero desde Chile seguían existiendo demasiados peros. Empezando por el idioma. Al final me di cuenta de que a la única que podía exportar era a mí misma. Así que me colgué la etiqueta de artista visual sin miedo —total, acá nadie me conoce— y comencé a integrarme poco a poco en la pequeña escena artística de mi nueva ciudad. Y debo decir que lo sentí muy fácil, sin esa montaña de burocracia y carencia de recursos a la que estaba tan acostumbrada.
Pero como nada es perfecto, me encontré hablando sola de feminismo y maternidad. Me encontré nuevamente buscando grupos en línea donde pudiera discutir mis ideas de trabajo o seguir profundizando en los temas que son parte importante de mis procesos creativos. Al menos en mi ciudad, no hay feministas. Y se siente raro, viniendo del país de Las Tesis y de la región de Silvia Rivera Cusicanqui.
Entonces, en uno de estos grupos, sentí de nuevo las ganas de tener más tiempo para hablar largo con las otras mujeres participantes. Y en paralelo, en los chats surgió nuevamente esta idea de configurar nuestras propias redes de legitimación. De nosotras como artistas, pero también de nosotras como seres humanos.
Hasta el momento he omitido algunos pasajes y personajes clave de mi historia, porque quiero que estén presentes acá, con sus propios capítulos. Pero por ahora solo daré testimonio de lo potente que es que otra mujer, otra compañera, te diga que sí, que sí puedes. O que te diga que tienes el derecho absoluto a vivir tu mejor vida. En mi caso, las mujeres han sido siempre quienes me han abierto las puertas materiales, laborales, afectivas y psíquicas. Y a todas las puedo ver claramente como una red interconectada de poder y conocimiento, que se va pasando de unas a otras.
La Propia Network ya existe. Ha estado ahí. Y quizás tú también tienes la tuya. Este ejercicio de narrativas y conversaciones es una forma de ayudar a darle visibilidad, y sobre todo, legitimidad.
En un mundo que insiste en deslegitimar nuestras voces, este podcast es una forma de decir: aquí estamos. Que nuestras palabras circulen, se escuchen, y se reconozcan como parte del tejido vivo del arte, el trabajo y la vida de las mujeres. Bienvenida a La Propia Network.


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